Nací en 1963 en Concepción, Penco. Una ciudad a unos 600 km al sur de la capital de Chile, Santiago. Esta pequeña metrópoli ahora es una ciudad importante de unos 1.500.000 mil habitantes, con una Universidad muy concurrida, ubicada al borde del mar, al borde de la montaña, con producción agricola-ganadera, plantaciones de pinos. Verde y arenosa.
En los escasos años en los que crecí alla, Penco era un lugar remoto, escondido de la civilización. Pocas calles, poca gente. Mucha pobreza. Sucia como toda ciudad al borde del mar, al borde de la ciudad.
Éramos una familia grande, muchos primos, tíos, amigos. Vivíamos en el mismo lugar: la parcela donde estaba situada la empresa, Fanaloza – una empresa familiar, de mis abuelos. Los jóvenes estudiaban en Staffordshire para perfeccionar la técnica milenaria de la elaboración de cerámicas. La industria creciente, el pueblo decadente. La mano de obra provenía de los sectores populares de Penco, de la gente empobrecida, sirvientes de la elite productora. Única empresa en ese pueblo.
En mi casa se sentía. Se sentía la riqueza en los metros de tierra que poseíamos, en las miradas de los vecinos, en el portón que dividía tierras, que separaba. Reinábamos. El “don Jorge” se había casado con una inglesa (mi madre). Que importante era Creo que el casamiento salió en Sociales del Diario del 5 de enero de 1962. Mi mama, como recién habia llegado de Staffordshire no entendía ni medio (creo que nunca entendió) ella venia de un país más justo. Donde la riqueza se repartía. Había vivido la segunda guerra y una familia ávara. Avaros en extremo – escondian el papel higienico para que no lo malgasten los hijos, ni los nietos (nosotros 3). Y estuvimos unos 6 meses en ese lindo lugar de Europa, entrando y saliendo de los Pubs y los Pools. Escondidos en la camioneta en la que nos quedábamos esperando a que mi mama nos diera las cebollitas en vinagre que le daban con la cerveza en el Pub. Los...
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Nací en 1963 en Concepción, Penco. Una ciudad a unos 600 km al sur de la capital de Chile, Santiago. Esta pequeña metrópoli ahora es una ciudad importante de unos 1.500.000 mil habitantes, con una Universidad muy concurrida, ubicada al borde del mar, al borde de la montaña, con producción agricola-ganadera, plantaciones de pinos. Verde y arenosa.
En los escasos años en los que crecí alla, Penco era un lugar remoto, escondido de la civilización. Pocas calles, poca gente. Mucha pobreza. Sucia como toda ciudad al borde del mar, al borde de la ciudad.
Éramos una familia grande, muchos primos, tíos, amigos. Vivíamos en el mismo lugar: la parcela donde estaba situada la empresa, Fanaloza – una empresa familiar, de mis abuelos. Los jóvenes estudiaban en Staffordshire para perfeccionar la técnica milenaria de la elaboración de cerámicas. La industria creciente, el pueblo decadente. La mano de obra provenía de los sectores populares de Penco, de la gente empobrecida, sirvientes de la elite productora. Única empresa en ese pueblo.
En mi casa se sentía. Se sentía la riqueza en los metros de tierra que poseíamos, en las miradas de los vecinos, en el portón que dividía tierras, que separaba. Reinábamos. El “don Jorge” se había casado con una inglesa (mi madre). Que importante era Creo que el casamiento salió en Sociales del Diario del 5 de enero de 1962. Mi mama, como recién habia llegado de Staffordshire no entendía ni medio (creo que nunca entendió) ella venia de un país más justo. Donde la riqueza se repartía. Había vivido la segunda guerra y una familia ávara. Avaros en extremo – escondian el papel higienico para que no lo malgasten los hijos, ni los nietos (nosotros 3). Y estuvimos unos 6 meses en ese lindo lugar de Europa, entrando y saliendo de los Pubs y los Pools. Escondidos en la camioneta en la que nos quedábamos esperando a que mi mama nos diera las cebollitas en vinagre que le daban con la cerveza en el Pub. Los chicos no podíamos entrar, solo los perros.
Volviendo a Concepción, nuestra vida era de ricos. Cinco empleadas, un jardinero que luego era disfrazado de mozo. ¿Que será de Juan? A quién llevará en sus hombros. Aun recuerdo el paseo en sus hombros mientras el regaba las frutillas, que luego yo robaba antes de ser servidas como postre. Juan, Rosa, Clara (la costurera de los uniformes de las empleadas venía una vez por semana a remendar las medias de mi familia). ¡Que locura
Eso fue hasta el 69. En ese año algo pasó. Nos tuvimos que mudar de país. Irnos. Exiliarnos. Vivir en otro lugar. Montar otra empresa. Empezar de nuevo. Mi papá tendría unos 32 años, era ceramista industrial. Alquilamos una casa muy grande, pero muy lejos de todo. Viajábamos en tren a upa de los pasajeros. Íbamos a retiro con mi mamá que no hablaba bien el español. Éramos hijos de inmigrantes, recién llegados. Todos entendíamos el Ingles y yo ya hablaba perfectamente. Aunque el español me costaba un poco.
En aquel año empecé la escuela. Nos volvimos a mudar a Florida. Empecé y luego finalicé mis estudios en la Escuela de Florida en Buenos Aires.
En 1973 viajamos a Inglaterra. Solo por seis meses. Mi mamá quedó embarazada de su cuarto hijo que luego perdió por un embarazo ectópico. Casi perdimos a mi mamá.
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